Colegio de Arquitectos de Venezuela

El Poder y la Torre (I)

Desde el primer triunfo de Hugo Chávez, hace 14 años, Jon Lee Anderson ha seguido de cerca el proceso político venezolano a través de dos perfiles del Presidente Hugo Chávez en la revista The New Yorker, de la cual es periodista de planta. El propio Chávez reconoció lo riguroso de su trabajo y lo calificó como un "amigo crítico" del proceso.

La crónica que a continuación presentamos fue publicada en inglés en The New Yorker en la edición del 21 al 28 de enero de 2013. En ella, Anderson se adentra en la crisis urbana actual de Caracas. El resultado es una de las imágenes más controvertidas del proceso revolucionario y, a la vez, un balance del posible legado de Hugo Chávez. Es una reflexión constructiva e imprescindible, pero a la vez crítica y severa, sobre nuestro país y su futuro.

El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el extravagante y radical presidente de Venezuela, se sometió a su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido en un hospital de La Habana bajo una celosa guardia. Sólo familiares y allegados políticos cercanos —y, se presume, los hermanos Castro— tienen permiso para verlo. No ha habido ningún vídeo de él sonriendo desde su cama de hospital ni animando a sus seguidores. Funcionarios del gobierno reconocen que está experimentando “severas dificultades respiratorias”, a pesar de los rumores de que está bajo un coma inducido y conectado a un respirador. La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada llevando una Biblia para Chávez. Y aunque no comentó si lo llegó a ver, tuiteó poco después: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que el presidente se está recuperando, y que incluso firmó un documento- una prueba de vida que se exhibió debidamente a la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonaba como un último adiós.

Es apropiado que Chávez haya escogido Cuba como el mejor lugar para recuperarse, ya que el país ha sido un segundo hogar para él durante mucho tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a dar una charla magistral en la Universidad de La Habana. Chávez, un ex-paracaidista militar, se había convertido en presidente de Venezuela apenas nueve meses antes, pero ya contaba con una audiencia embelesada, incluyendo a Castro, a su hermano menor Raúl y a otros altos cargos del buró político de Cuba. El discurso de Chávez estuvo lleno de expresiones de buena voluntad hacia Cuba y elogió a Castro, a quien llamó “hermano”. Era imposible pasar por alto las implicaciones de su visita. Desde el fin del subsidio soviético, ocho años antes, Cuba luchaba por sostenerse y Venezuela era una nación rica en petróleo. Chávez había viajado con una delegación de la empresa petrolera nacional. El presidente, ya en ese entonces un orador expansivo, habló durante noventa minutos, y Castro sonrió atentamente todo ese tiempo. El hombre que estaba a mi lado susurró que nunca había visto a Fidel mostrar tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el Estadio Nacional de Béisbol de La Habana en ocasión de un partido amistoso entre jugadores veteranos de las dos naciones. El ambiente era festivo. Chávez pichó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una chaqueta de béisbol sobre su uniforme de faena militar, fue el mánager de Cuba y aprovechó para darle a su huésped una lección en tácticas: a medida que el juego avanzaba, Castro infiltró jóvenes impostores al campo de juego, disfrazados con barbas postizas que luego se arrancaron, desencadenando aplausos y risas en la audiencia. Al final del juego Cuba ganaba cinco a cuatro pero, como declaró Chávez, “tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundizó nuestra amistad”.

Antes de que pasara mucho tiempo, Cuba empezó a recibir envíos de petróleo venezolano a menores precios, a cambio de los servicios de docentes, médicos e instructores deportivos cubanos que trabajaron en un enorme programa de alivio de la pobreza lanzado por Chávez. Desde el año 2001, decenas de miles de médicos cubanos han proporcionado tratamiento a los pobres de Venezuela, y personas con enfermedades de la vista han recibido atención médica en Cuba, en el marco de un programa que Chávez llamó, con su típica grandiosidad, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el principio él era un ferviente discípulo de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y su máximo héroe nacional. Poco después de haber asumido el poder, Chávez cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: fue un luchador carismático por la libertad, cuyas sangrientas campañas liberaron a gran parte de América del Sur de la España colonial. Pero, a pesar de ser admirador de la Revolución Americana, Bolívar era mucho más un autócrata que un demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de los tiempos modernos, el actual guardián de la lucha antiimperialista. En 2005, después de un largo período de estudio y reflexión, Chávez anunció que había decidido que el socialismo era la mejor propuesta de progreso para la región. En sólo unos pocos años, con sus miles de millones en petróleo y guiado por Castro, Chávez resucitó el discurso y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Él transformaría Venezuela en lo que llamó, en su discurso en la Universidad de La Habana, “un mar de felicidad y de verdadera justicia social y paz”. Su máximo objetivo fue elevar a los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de esta irregular campaña están a la vista de todos.

Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI lo hicieron con cuidado: situaron la ciudad en las montañas, en vez de la cercana costa del Caribe, para protegerla de piratas ingleses y de los indios que merodeaban. Actualmente, la costa ubicada a diez millas de distancia de la ciudad es accesible por una carretera escarpada entre las montañas construida por órdenes del fallecido dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante la década de los cincuenta. De cruel carácter y ampliamente odiado en su país, Pérez Jiménez fue derrocado después de sólo seis años como Presidente, pero dejó tras de sí un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, proyectos de vivienda pública, túneles, puentes, parques y carreteras. En las décadas siguientes, mientras las dictaduras molestaban a gran parte de América Latina, Venezuela resultó ser una democracia dinámica y generalmente estable. Siendo una de las naciones petroleras más ricas del mundo, el país tuvo una creciente clase media con un nivel increíblemente alto de vida. También fue un firme aliado de EE.UU.: los Rockefellers tenían campos petroleros en Venezuela, así como grandes ranchos donde sus familiares montaban a caballo con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atrajo a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, quienes ayudaron a darle a Caracas la reputación de ser una de las ciudades más atractivas y modernas de la región. Tenía una espléndida universidad —la Universidad Central de Venezuela—, un museo de arte moderno de primer orden, un elegante Country Club, una serie de buenos hoteles y exquisitas playas. A finales de los años setenta, cuando las mujeres venezolanas se convirtieron en perennes ganadoras del concurso de Miss Universo, la mayoría de los latinoamericanos consideraban al país como un lugar hermoso para gente hermosa. Incluso su criminal más infame, el terrorista marxista Illich Ramírez Sánchez (Carlos El Chacal), fue un todo un dandy, con un gusto por los pañuelos de seda y el whiskey Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido la cúspide del encanto de Caracas, fue inaugurada la primera línea del Metro y el Teresa Carreño, un complejo teatral de clase mundial.

Esa ciudad apenas puede percibirse hoy. Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y agitación social, Caracas se ha deteriorado muchísimo. Tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones de habitantes, se estima que tres mil seiscientas personas fueron asesinadas, cifra que equivale a una muerte cada dos horas. La tasa de homicidios en Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el poder. De hecho, el crimen violento (o la amenaza de que suceda) es probablemente el carácter definitorio de Caracas, tan ineludible como el clima, que generalmente es maravilloso, y el terrible tráfico, con autos atascados durante horas en las calles día tras día. Vendedores deambulan a través del embotellamiento, vendiendo juguetes, insecticidas y DVDs piratas, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares a cambio de monedas. Se observan fachadas enteras cubiertas de graffitis y con basura amontonada en las vías. El río Guaire, su cauce a lo largo de toda la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de personas sin hogar, indigentes —en su mayoría adictos a las drogas— y enfermos mentales. Los barrios más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad con alambre electrificado. En las entradas de las urbanizaciones, guardias armados permanecen en vigilia tras un vidrio oscuro.

Caracas es una ciudad fallida y la Torre de David es quizás el símbolo más importante de ese fracaso. La torre es un zigurat de espejos de vidrio coronado por un gran eje vertical, que se eleva a cuarenta y cinco pisos por encima de la ciudad. La principal característica del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre de dieciocho pisos y un estacionamiento elevado, es su visibilidad desde cualquier punto de Caracas, que sigue siendo mayormente una ciudad de edificios modestos. El vecindario que rodea al edificio es típico: una ladera cuadriculada de casas y comercios de uno o dos pisos que se disipan a pocas cuadras de las faldas del cerro El Ávila, un montaña selvática que forma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La torre ha sido nombrada en honor a David Brillembourg, un banquero que hizo fortuna durante el boom petrolero de Venezuela en los años setenta. En 1990, Brillembourg se lanzó a la construcción de un complejo que esperaba convertirse en la respuesta venezolana a Wall Street. Sin embargo,  Brillembourg murió en 1993, mientras el complejo seguía en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria acabó con un tercio de la instituciones financieras del país. La construcción, completada en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue reanudada.

Vista desde la distancia, la Torre no da indicio alguno de sus problemas. De cerca, sin embargo, las irregularidades en su fachada son claramente evidentes. Hay partes donde los paneles de vidrio se han perdido y los agujeros han sido rellenados; en otras partes de la fachada, las antenas parabólicas y satelitales se asoman como hongos. En los costados no hay paneles de vidrio en absoluto. El complejo es un coloso de hormigón sin terminar —en el que habitan personas. Casas de ladrillo mal ensambladas, similares a las que cubren los cerros alrededor de Caracas como costras, han llenado los espacios vacíos dentro de muchos de los pisos. Sólo las plantas superiores están abiertas al cielo, como plataformas de un gran pastel de bodas. El decano de Arquitectura de la Universidad Central, Guillermo Barrios, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su icono, y no tengo duda de que la imagen arquitectónica de este régimen es la Torre de David. Encarna la política urbana de este régimen, que puede definirse por la confiscación y expropiación, por la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como una muestra de la eminencia del país, se ha convertido en el barrio alto del mundo.

Cuando Chávez asumió el poder en 1999, el centro de la ciudad ya estaba descuidado y en franca decadencia, y la torre había caído bajo custodia del Fondo de Garantías de Depósitos. Cuando el gobierno trató de venderla mediante subasta pública en el 2001 nadie ofertó y el plan que existía para convertirla en la nueva sede de la Alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre del 2007, varios cientos de hombres, mujeres y niños, dirigidos por un grupo de duros y decididos exconvictos, invadieron la torre y acamparon allí. Una mujer que fue parte de la invasión me dijo: “Entramos como si fuera una cueva. Parecíamos cochinos, todos ahí juntos. Abrimos la puerta y desde ese día hemos estado viviendo aquí”. Estaba asustada, pero sentía que no tenía otra opción. “Todos buscaban un techo sobre sus cabezas porque nadie tenía donde vivir. Y era una solución”. Muchos más los siguieron. Los líderes de la invasión comenzaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría personas pobres de las barriadas de Caracas que deseaban cambiar las laderas fangosas por el centro citadino.

Hoy en día, la torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” organizada de edificios desocupados por grupos grandes de ocupantes ilegales. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno se inició en 2003: bloques de apartamentos, torres de oficinas, almacenes, centros comerciales. Cerca de ciento cincuenta edificios en Caracas están ocupados por invasores. La Torre de David alberga un estimado de tres mil personas, llenando la torre más pequeña por completo y la más alta hasta el piso veintiocho. Jóvenes motociclistas operan una línea de “mototaxistas” para los residentes de los pisos más altos, llevándolos desde la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento adjunto, desde donde pueden ascender por unas rudimentarias escaleras de concreto. Para quienes viven por encima del décimo piso, es un largo camino hasta el tope.

En un reciente viaje a Caracas, le pedí a un taxista que me dejara en frente de la Torre de David y me contestó con una mirada de asombro. “No vas a entrar allí, ¿verdad? “, dijo, “¡De ahí sale todo el mal de esta ciudad!”. La Torre se ha ganado el dudoso honor de ser un centro criminal, alimentado por los relatos de la prensa que presenta al lugar como un refugio para delincuentes, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinónimo de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que habitan en medio de la ciudad, controlada por pandilleros armados con el consentimiento tácito del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un excriminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexánder “El Niño” Daza. Un ardiente partidario de Chávez que aceptó reunirse conmigo sólo después de que un intermediario le aseguró que era políticamente aceptable. Cuando llegué a la entrada principal de la Torre había mujeres dentro de una cabina de seguridad que operaban una puerta controlada electrónicamente. Me pidieron una identificación y que firmara un registro, permitiéndome pasar sólo porque era un invitado de Daza. Daza me esperaba en el atrio, un espacio de concreto al aire libre entre los dos edificios principales. Una música ensordecedora salía de un par de altavoces grandes justo en la puerta de entrada a la “iglesia” de Daza, una habitación ubicada en la planta baja donde predica los domingos. Según contaba, se había convertido o “renacido” estando en prisión. De baja estatura, cuerpo fornido y cara de niño, tiene treinta y ocho años pero luce mucho más joven.

Nos sentamos en un muro pequeño para hablar pero, con los altavoces a todo volumen, Daza era prácticamente inaudible. No habló de la Torre, su comunidad ni de su papel como una figura de autoridad. En su lugar, haciendo eco del lenguaje de los funcionarios del gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” siempre buscaban la manera de distorsionar la verdad, hacer daño a “la causa de la gente” y de “dañar a Chávez”. Durante mi experiencia reportando sobre Chávez, he llegado a pasar una buena cantidad de tiempo con él, y cuando le dije esto a Daza me miró con cautelosa impresión. Después de un rato, se relajó considerablemente, señalándome a su esposa, una bonita joven llamada Gina, mientras caminaba junto a nosotros con un niño.

Gran parte de la vida comunitaria de la Torre estaba fuera de nuestra vista, por encima de nosotros, pero algunos de los apartamentos de los niveles más bajo estaban al pie del atrio. Había ropa tendida en balcones por terminar y en algunas antenas. También pueden verse signos de la lealtad política imperante. En las últimas elecciones, Daza hizo todo lo posible para que la Torre de David fuese una base de apoyo para Chávez y colgó una pancarta grande y roja en su honor.

Daza protestó por las historias sobre la Torre que la denunciaban como centro de crimen y a él como un criminal. Él y su gente se hicieron cargo de algo que estaba “muerto” y “le dimos vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Ésta fue una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el Decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no era un bello ejemplo de la autodeterminación de una comunidad sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro, como el tipo de oportunista matón que ha llegado a tipificar la vida urbana en Venezuela, con la apariencia de un pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio, un ejemplo del más salvaje capitalismo”, dijo. “Se arropa en la religiosidad, pero hay un grupo violento detrás de él que le permite llevar a cabo sus acciones”.

Chávez ganó la reelección en octubre, y en las semanas siguientes la ciudad tenía una atmósfera de incertidumbre. El presidente de cincuenta y ocho años había estado recibiendo tratamiento para el cáncer desde junio ​​del 2011, pero se declaró a sí mismo lo suficientemente sano como para competir para gobernar otros seis años más. Libró una dura campaña en contra de su oponente Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representó la centro derecha y ganó por un respetable margen de once puntos. Sin embargo, desde su discurso de victoria, no había aparecido en público.

En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me dijo: “El Presidente se está recuperando de una agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez viajó a Cuba para un chequeo médico y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos le habían detectado nuevas células cancerígenas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, dijo: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.

Chávez me dijo una vez que Castro le había advertido públicamente que debía mejorar su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. A los ojos de Chávez, esto ponía demasiada importancia en él. Pero en la medida en que su revolución ha avanzado, lo ha hecho arrastrada por su personalidad: el lograba que las cosas pasaran  cuando estaba físicamente presente pero, apartando esto, su administración era caótica y desordenada.

Chávez consolidó su educación ideológica estando en prisión. Fue encarcelado en 1992, por liderar un fallido Golpe de Estado Militar contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras cumplía su condena, llamó a Jorge Giordani (un profesor marxista de economía y planificación social de la Universidad Central) para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir su movimiento bolivariano en un gobierno”, me dijo Giordani en el 2001, cuando servía como Ministro de Planificación de Chávez. Se echó a reír: “Nunca terminó la tesis. Cada vez que le pregunto por eso, sólo me dice: ‘Eso es lo que estamos haciendo ahora: llevar la teoría a la práctica’”.

Giordani me mostró los planes de uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las favelas y repoblar el campo”, dijo. Por lo que Chávez y él habían mandado al ejército al centro no desarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles” o SARAOs, que a su juicio se convertirían en pequeñas ciudades. Reconoció que era una idea utópica, “pero en la planificación social uno debe moverse entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron engavetados y los barrios crecieron en su lugar. Era típico del gobierno ad hoc de Chávez. Una vez en el set de “Aló Presidente” (su programa de televisión exento de forma), lo vi lanzar un importante programa de expropiaciones de grandes fincas que serían entregadas a los campesinos. Hizo el anuncio con gran cordialidad, a lo cual le siguió un comentario, jugada por jugada, de un partido de voleibol.

Cuando llegué a Caracas en noviembre tenía casi cuatro años sin volver, y la ciudad se veía más inmunda y desgastada que nunca, aunque se mantenía llena de carteles y pancartas en las que el gobierno se felicitaba a sí mismo por diversos logros. Se mostraba a Chávez en gigantescas vallas abrazando con cariño a ancianas y niños. Por todas partes había carteles sobrantes de la última campaña electoral, en las paredes, en postes de electricidad, puentes y carreteras. Había grafitis políticos de ambos bandos y salpicones de pintura en los lugares donde un partido había tratado de sabotear la propaganda del otro.

La polarización es lo que ha definido la era chavista. Son raras las cuestiones de la vida pública que no sean batalladas y discutidas amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todas las personas que conocí tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me dijo que el edificio está manejado por el “lumpen empoderado” que controlaba la vida de los residentes con el mismo sistema violento que rige la vida dentro de las cárceles venezolanas. Guillermo Barrios respondabiliza de las invasiones al gobierno y a su política negligente sobre la ciudad, incluyendo al propio Chávez. “El lenguaje político que ha justificado las invasiones y el robo absoluto proviene de los discursos de Chávez “, dijo. En el año 2011, Chávez dio un discurso exhortando a los indigentes de Caracas a tomar almacenes abandonados y galpones bajo su poder. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan dónde está. Cada quién que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.

Las ocupaciones ilegales de todo tipo de edificios se habían disparado. Después de que una inundación desastrosa en diciembre del 2010 dejó a cien mil personas más sin hogar —la mayoría desalojados de los barrios pobres ubicados en los cerros— Chávez obligó a hoteles, un club de campo y hasta un centro comercial a alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivieron en parques de la ciudad y en una tienda de campaña levantada frente al Palacio Presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados dentro del palacio. La situación era claramente urgente y Chávez, en típico estilo cuasi militar, declaró una nueva “misión”: la Gran Misión Vivienda Venezuela.

En Caracas, buena parte de la carga de la Gran Misión Vivienda Venezuela recayó en manos de Jorge Rodríguez. Rodríguez fue vicepresidente bajo el mandato de Chávez y es el alcalde del municipio Libertador, el centro de la ciudad, desde el año 2008. Fui a verlo una mañana a su oficina ubicada en un hermoso edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Es un hombre delgado y amistoso con la cabeza rapada, vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: una pulcra guayabera blanca sobre jeans negros y zapatos deportivos. Sobre su oficina se alzaba un enorme óleo de Simón Bolívar y la ventana daba a una preciosa plaza con el nombre de Bolívar, decorada con una gran estatua de El Libertador.

Rodríguez no había absorbido el grado de deterioro de la ciudad hasta que llegó a ser alcalde. “En mi primer día de trabajo, miré por la ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Me dije a mí mismo, ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad?’”. Rodríguez dijo que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.

Rodríguez culpó a los gobernantes anteriores por los problemas de Caracas. Desde que los españoles fundaron la ciudad su crecimiento no ha sido planificado, excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero luego fue derrocado”, según Rodríguez. El alcalde describe el preámbulo a la emergencia actual como un “lento terremoto”. Los pobres habían vivido en barrancos y laderas de las montañas para luego trasladarse a la ciudad por mera necesidad. El adinerado sector privado dejó de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había tornado la situación en una crisis.

Rodríguez dijo que en todo el país la déficit de viviendas era de tres millones, y la meta para el año era de doscientas setenta mil unidades nuevas. Barrios me había dicho que durante la mayor parte del mandato de Chávez el gobierno había construido un promedio de veinticinco mil unidades al año. El gobierno había atendido  un porcentaje menor de las necesidades de vivienda que cualquier administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró de que estaba en buen ritmo para alcanzar su meta, diciendo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Admitió que todavía tenían un largo camino por recorrer. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”, dijo, riéndose y señalando sus zapatos deportivos.

Rodríguez señaló a la plaza y me preguntó si notaba alguna diferencia respecto a mi visita anterior. Me di cuenta de que la plaza estaba vacía. No estaba ninguno de los vendedores ambulantes que obstruían el paso peatonal de las calles del centro histórico. “Nos deshicimos de cincuenta y siete mil de ellos”, dijo Rodríguez. Los trasladaron a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro de Caracas. Con el respaldo del Presidente, Rodríguez también decretó que las invasiones a edificios ya no serían toleradas, pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos semanales de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.

Al parecer, el gobierno no aprobó oficialmente ninguna invasión de la Torre de David, pero no ha hecho ningún intento para cerrarla. ¿Hubo un acuerdo tácito en dejar las cosas como estaban? Rodríguez se mostró incómodo y dijo: “La situación de la Torre de David debe corregirse y será tratado por el gobierno a su debido tiempo”.

En los alrededores de la ciudad había indicios de que Chávez había comenzado a enfrentar los problemas relacionados con la insuficiencia de vivienda pública y transporte. Rodríguez me llevó a un sitio en la Avenida Libertador donde varios edificios de apartamentos eran derribados, incluyendo construcciones espontáneas de ladrillo y acero de más de cinco pisos. Junto a éstos, en el borde de la carretera, se demolían barriadas cuyos habitantes eran reubicados. A los lados de varias autopistas se veían torres de alta tensión para un nuevo tren de pasajeros elevado (comprado en China), parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y aliviar la presión sobre su abrumado sistema de Metro. Se ha instalado un costoso teleférico para transportar a pasajeros hasta el tope del cerro que aloja a San Agustín, uno de los barrios marginales más antiguos de la ciudad. Los vagones parten de una reluciente estación y se mueven silenciosamente en el aire, impulsados por enormes poleas austríacas. Todos están pintados del color predilecto de Chávez, el rojo Bolivariano, y en cada uno reza: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista… Debajo, puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado.

Una mañana, Daza se reunió conmigo en un terreno baldío cubierto de maleza detrás la torre más pequeña. Estaba supervisando un grupo de trabajo de cuatro adolescentes y un hombre mayor que mezclaban cemento en una carretilla y lo untaban sobre una extensión de hormigón, barro, hierba y escombros. Daza lucía jeans, zapatos de gamuza y una camisa de cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque, donde las familias con niños puedan tener un lugar seguro para jugar y organizar piñatas y fiestas de cumpleaños.

Los adolescentes del grupo bromeaban y evitaban trabajar, mientras que Daza gritaba órdenes de vez en cuando, pero en general los observaba con tolerancia. Él me dijo que eran jóvenes en riesgo de caer en la delincuencia, recomendados por sus propios padres. En el trabajo podían ser supervisados​​ y, ganando un salario de aproximadamente cien dólares al mes, podrían colaborar con un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba personalmente, explicó, porque el último encargado resultó ser irresponsable. “Todo lo que hacía era pasear en su moto, armando desorden”, me dijo.

Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró el estacionamiento en planta baja, un espacio enorme y vacío excepto por algunos autobuses dañados y explicó que era una fuente importante de ingresos: el garaje se alquila a los conductores de autobús. Más tarde estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de muchachos descansaban en sucios sofás, Daza planificaba instalar una puerta de seguridad y construir una caseta de vigilancia. A un lado del edificio, cerca de una hilera de frondosos árboles de mango, Daza señaló un espacio no utilizado donde quería construir una guardería para los niños de las madres trabajadoras. Cerca de la puerta principal esperaba abrir una cafetería, “donde pueda venderse comida Bolivariana a precios socialistas”.

A medida que caminábamos Daza me explicaba cómo funciona el edificio. Tenía una manera rítmica y enfática de hablar, como un predicador. “No hay ningún régimen carcelario impuesto aquí”, dijo. “Lo que hay aquí es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie está obligado a colaborar aquí. Aquí nadie es un inquilino: todos son habitantes”. Cada habitante tiene que pagar una cuota mensual de ciento cincuenta bolívares (alrededor de ocho dólares al tipo de cambio del mercado negro) para ayudar a cubrir los gastos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de construcción. A las personas que no pudieron permitirse el lujo de construir sus viviendas se les ofreció ayuda financiera. Todos los residentes están registrados y cada piso tiene su propio delegado encargado de resolver cualquier problema. Si los problemas no podían resolverse en el piso, son llevados a una reunión del consejo de la Torre, que Daza convocaba dos veces por semana. Un problema común, dijo con un poco de amargura, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadir a los inquilinos de arrojar basura en el patio. A los transgresores “se les da una advertencia apelando a sus conciencias”. Hay una junta disciplinaria que tiene la capacidad de expulsar de la construcción a los peores infractores, pero siempre hay quienes se toman libertades.

La versión de Daza del sistema de justicia de la torre contrastaba crudamente con las historias que había escuchado de ejecuciones al estilo carcelario, de personas mutiladas y partes corporales volando desde los pisos superiores. Este era el castigo habitual para ladrones y soplones en las cárceles de Venezuela, y la costumbre se ha colado entre los criminales de los barrios de Caracas. Cuando le pregunté acerca de estas historias, Daza apretó los labios, un gesto común de reproche entre los venezolanos. “Lo que queremos es seguir viviendo aquí “, dijo. “Tenemos una buena vida. No oímos tiroteos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay aquí es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté a Daza cómo se había convertido en el jefe o líder de la Torre frunció nuevamente los labios, y finalmente dijo: “Al principio, todo el mundo quería ser el jefe, pero Dios se deshizo de los que quería deshacerse y dejó a aquellos que él quería que se quedaran”.

Muchos de los residentes de la Torre han llevado vidas complicadas, afectados por la confluencia en el país de la pobreza y la delincuencia. En un almacén habilitado cerca de la iglesia de Daza vive Gregorio Laya, un compañero de Daza de los tiempos de la prisión. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial del Palacio de Miraflores, pero en los viejos tiempos  formaba parte de una banda de roleros o ladrones de relojes caros. Hizo una lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Por lo general, él y sus hombres esperaban fuera del Teatro Teresa Carreño a los asistentes de conciertos. Pero un día decidió robar al dueño de un spa “cerca de aquí, a pocas cuadras de distancia”, señalando más allá de la Torre. Consiguió el reloj pero, al salir, el hombre sacó un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “más remedio” que responder, dijo, y disparó contra el propietario varias veces hasta matarlo. Laya fue herido también y la policía lo acorraló a sólo unas cuadras de distancia. Lo condenaron a once años en prisión.

El apartamento de Laya era de una sola habitación, equipado con elementos esenciales de la vida diaria, similar a un camarote de marinero o una celda de prisión. Había una cama grande y una TV pantalla plana, un armario, una silla y un tendedero en una esquina con ropa. Laya declaró estar contento. Tuvo la suerte de conseguir un trabajo y agradece a Daza por haberle encontrado un lugar en la Torre. Todos los días camina frente al spa en su trayecto al trabajo y piensa en lo diferente que era su vida.

Daza contó su propia historia de redención en términos similares. Un día me mostró su iglesia, un almacén antiguo y grande pintado de verde, con sillas de plástico apiladas y un atril de predicador. Letras recortadas de papel dorado pintaban en la pared las palabras “Casa de Dios” y “Puerta del Cielo”. Daza dispuso de dos sillas y me invitó a sentarme.

Daza me dijo que era oriundo de Catia, uno de los barrios más famosos de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el más joven de varios niños y sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo alejado de los problemas hasta cumplir los ocho años, cuando unos muchachos mayores robaron su bicicleta y le dieron una humillante paliza. Los describió como malandros que aterrorizaban su barrio. “Recuerdo que miraba como perseguían a mis hermanos mayores”, dijo Daza. “Ellos tenían armas y mis hermanos corrían cuando los perseguían y les disparaban”.

“No me importaba si mataban a mis hermanos”, prosiguió. “Me molestaba la forma en que llegaban a casa y se comportaban frente a mi mamá. Ellos la maltrataban, fumaban drogas y hablaban mal delante de ella. Yo les decía que eran unos cobardes, porque lo único que hacían era traer a sus enemigos al barrio para luego huir cuando llegaban”.

Daza formó su propia banda de niños delincuentes. “Nos adueñamos de algunas pistolas y luego, cuando tenía quince años, hicimos nuestro primer trabajo, que fue esperar a que el líder de esos mismos malandros subiera y…” -simulando disparar con su mano- dijo,  “acabamos con él”. Después de eso, Daza se convirtió en el jefe de todo el barrio.

Daza ha cumplido dos sentencias en la cárcel, una de cinco años y otra de dos. Durante su segundo encarcelamiento, por un cargo de porte ilegal de armas, un policía que también ejercía de pastor llegó a la cárcel y lo convirtió. Él resurgió “con el Evangelio” y ha tratado de llevar una vida mejor desde entonces.

Lea la segunda parte de este artículo: El Poder y la Torre (II)

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