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La ciudad después del apagón

Los grandes apagones en las regiones metropolitanas y sistemas de ciudades de la actualidad no son un fenómeno cotidiano, pero ocurren. Las causas pueden ser muchas, pero la magnitud de los eventos tiene que ver con que la distribución de la energía en las aglomeraciones servidas depende de sistemas integrados en los cuales un evento puntual, un accidente en un transformador o en una subestación, puede generar una suerte de efecto dominó que termine afectando ciudades e incluso regiones enteras. Un ejemplo notable es Nueva York, la metrópoli por antonomasia de la contemporaneidad, que ha sufrido tres grandes apagones durante el último medio siglo (1965, 1977 y 2003), afectando a millones de habitantes mucho más allá del ámbito metropolitano.

Pero comenzando por su extensión geográfica, ya que afectó el 90% del territorio nacional, hay otras peculiaridades que distinguen lo que pudiéramos llamar el “gran apagón bolivariano”, entre ellas su frecuencia, tanta que tendemos a olvidarla, tanta que la novedad no es el apagón sino el “alumbrón”: apenas en julio del año pasado ocurrió uno que dejó a oscuras al 80% de la capital y sectores de estados vecinos como Miranda y Aragua.Y a ello debe agregarse su extraordinaria duración, que multiplicó por 30 la originalmente estimada por el ministro del ramo y más que duplicó la más larga registrada en Nueva York.

Como es su costumbre, la primera reacción del régimen madurista fue la de lavarse las manos: como la escala del evento resultaba escasamente compatible con las excusas tradicionales de las iguanas imprudentes o el sabotaje artesanal intentado por el “todero” del pueblo cercano, ahora se recurre a la ciencia ficción para atribuirlo a un ciberataque contra el “cerebro” del Guri coordinado por las fuerzas del mal, mundiales y domésticas.

Toda una novedad, pues hasta ahora en el resto del mundo eventos semejantes han estado asociados a fallas de mantenimiento, incidentes meteorológicos o recalentamiento de líneas por sobrecarga. Ni siquiera en los más oscuros años de la Guerra Fría se le ocurrió a alguien el argumento del sabotaje

Pero no se trata ahora de internarnos en el análisis técnico de un tema ajeno a nuestros conocimientos, respecto al cual, pese a la escasez de información oficial, ya se han pronunciado algunos de los mejores especialistas nacionales, incluida la Escuela de Ingeniería Eléctrica de la UCV. Lo que ahora interesa a esta columna es conocer sus efectos sobre la ciudad.

En relación a ello lo primero que salta a la vista es el escandaloso silencio de los gobiernos locales en tan prolongada y angustiosa crisis: en esos largos días, los alcaldes y concejales de los municipios caraqueños sólo han brillado por su ausencia. Y si es cierto que en su desaforado centralismo este régimen los ha despojado no sólo de la casi totalidad de los recursos económicos sino también de sus competencias, es difícil saber quién los despojó del inalienable recurso de la creatividad.

La situación de los gobiernos locales afectos al régimen se conoce y no requiere de explicaciones; carentes de ánimos para moverse, más que títeres son hoy en día simples espantapájaros adaptados a la instrucción que hace ya varios años les dio Aristóbulo: el mejor alcalde será el que primero desbarate su Alcaldía. Pero no han sido diferentes los de la alternativa democrática, tanto que prácticamente nadie conoce sus nombres.

Durante los interminables días del apagón fueron ellos los más apagados, cuando se esperaba verlos en las calles informando sobre la situación, atendiendo las emergencias locales, promoviendo la solidaridad entre los vecinos

Esta desafortunada circunstancia sirvió, y no es poco, para demostrar el agotamiento de nuestro actual modelo de gobierno local y la urgencia de crear gobiernos metropolitanos fuertes, dotados de recursos y, sobre todo, de dirigentes con ideas.

Un requisito indispensable para construir la ciudad, que hoy es tanto como decir el país, capaz de reparar los daños de las últimas tres décadas y abrir por fin las puertas del milenio.