El arte de construir

En un blog que habla de Arte, con mayúscula, como este, no puede faltar un poco de Historia y de arquitectura. El arte de construir que tanto ha ayudado al ser humano a desarrollarse hasta convertirse en lo que somos hoy en día.

Ya sé, demasiado serio para empezar, pero es que si el arte me gusta, la Historia todavía me apasiona más. Y la Historia del Arte, nuevamente usando mayúsculas, no se puede entender sin estudiar los movimientos que cambiaron la arquitectura a lo largo de los siglos. ¡Vamos al grano!

PRINCIPALES MOVIMIENTOS ARQUITÉCTONICOS

Desde la antigüedad, las civilizaciones han hallado la manera de dejar rastro de sus andanzas, y ¿qué mejor manera que hacerlo por medio de sus edificaciones? Sin duda la fuerza de un pueblo residía en su capacidad para construir. ¿Qué mejor defensa de sus cosas y familiares tenían nuestros antepasados que contruir protecciones que les libren de sus enemigos?

Los estilos arquitectónicos comienzan a datarse del año 3.050 a.C. con los egipcios. Cada período está separado por grandes brechas de tiempo, por lo que desde el primer movimiento hasta el último la diferencia es de miles de años; aun así, muchos movimientos arquitectónicos tienen características parecidas entre ellos, mientras que algunos son completamente únicos y, por lo tanto, reconocibles.

Griego Clásico 600 a.C. – 140 a.C.

Se trata de templos hechos con mármol y piedra caliza, donde destacan columnas proporcionalmente precisas y capiteles realizados con diferentes combinaciones de los órdenes dórico, corintio y jónico. Para diferenciar la arquitectura griega de la romana, estos órdenes son fundamentales.

Romano Clásico 500 a.C. – siglo V d.C.

A diferencia de los griegos, los romanos construían con piedra. De sus edificaciones resaltan las cúpulas, hechas tanto por esteticidad como por su capacidad al endurecer el edificio sin la necesidad de incluir columnas. Además de los ordenes decorativos previamente mencionados, los romanos inventaron el toscano y el compuesto; que se caracterizaba por sus flores.

Ambos períodos pertenecen al estilo clásico y dichos órdenes decorativos siguen siendo utilizados en la arquitectura moderna.

Románico 800 d.C. – 1.200 d.C.

Mayormente visto durante la Edad Media. En esta etapa la arquitectura era bastante simple puesto que la religión estaba en su apogeo y demandaba que la construcción de las iglesias fuera prioritaria. El románico simboliza la expansión de Roma por Europa. Entre sus edificaciones se encuentran los arcos redondeados y arcadas, pilares, torres, bóvedas. Cada uno de estos elementos representa el exacto concepto de la arquitectura románica, es decir la simpleza y templanza.

Gótico 1.100 – 1.500

Es uno de los movimientos más renombrados y elegantes en virtud de sus arcos puntiagudos, chapiteles y vidrieras. Asimismo, la religión también influyó en este período por lo que los tallados religiosos pueden hallarse a lo largo de las construcciones góticas.

Renacimiento y otros movimientos del arte y la arquitectura
Renacimiento y otros movimientos del arte y la arquitectura

Renacimiento 1.400 – 1.600

Este estilo toma su nombre después de retomar e incluir los valores clásicos grecorromanos en sus construcciones. Nuevamente, este período es tan conocido como el gótico ya que se expandió por toda Europa después de iniciarse en Italia. Se define por arcos de medio punto reemplazando elementos góticos y románicos, cúpulas romanas clásicas y más que todo, por la simetría de los griegos.

Su importancia es tal que se estudia tanto en colegios como en universidades. No hay quien no haya oído hablar de este movimiento que tantas repercusiones tuvo en la Historia de la Humanidad. Si se supiera el día exacto en que se inició en lugar de aproximaciones por años, estaríamos enviando felicitaciones de cumpleaños a quien fuera el responsable de tan magno momento histórico.

Independientemente de ello, lo que nos queda de esta época es mucho mejor que los mejores regalos de cumpleaños que nos puedan hacer hoy en día. Ni nuevas tecnologías ni nada, ¡el Arte, señores! ¡el Arte es lo mejor!

Barroco 1.600 – 1.800

El barroco o período de la contrarreforma celebra la riqueza de la Iglesia Católica con sus construcciones ostentosas, derrochadoras e inflexibles, también denominadas grotescas y absurdas; donde al mismo tiempo combinaban y experimentaban con las luces, sombras y formas por la búsqueda de la intensidad.

Rococó 1.650 – 1.790

Este movimiento es exactamente opuesto al Barroco, ya que se identifica por la asimetría, amplias curvas, colores pasteles y la ilusión de movimiento.

Art Nouveau, finales del siglo XIX

Nació en Bélgica y se expandió por toda Europa, utilizando diferentes nombres. Este es la exacta definición de la creatividad y esteticidad; utilizando decoración orgánica, especialmente flores, también hierro, vidrio y particularmente, cerámica.

Estos movimientos son primordiales para la arquitectura actual, pues esta no es sólo la recopilación de elementos pertenecientes a cada uno de los períodos existentes, sino que también es la creación de ideas a partir de estos mismos.

Si bien admito que son nociones básicas, no voy a terminar así. Recomiendo a quien le interese el tema histórico de los movimientos sociales que más influyeron, y siempre que tenga ganas de profundizar MUCHO en el tema, esta lectura:

DE LA TEORÍA DE MOVILIZACIÓN DE RECURSOS AL ENFOQUE DEL PROCESO POLÍTICO.

Como respuestas a los enfoques funcionalistas, estructuralistas y marxistas surgieron,especialmente en Estados Unidos, estudios que buscaron explicar las acciones colectivas desde el supuesto del carácter racional e instrumental de las acciones, basándose en los postulados del individualismo metodológico esbozado por Olson. En consecuencia, el problema principal de la teoría se situó en explicar la participación de los individuos en las movilizaciones que estaban orientadas a cambiar alguna situación social particular. Para McCarthy y Zald, autores pioneros en este paradigma, un movimiento social es un “conjunto de opiniones y creencias en una población la cual representa preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o de la distribución de recompensas en una sociedad” (1977: 1218). Ahora bien, la pregunta que sigue quedando abierta es, precisamente, cómo se conforma esta estructura de creencias (en otras palabras cómo se forma un movimiento social), algo que a su vez supone dar cuenta de los problemas de acción colectiva planteados por Olson.

Cambios en el enfoque

El giro epistemológico alejó a estos autores pioneros de la centralidad de los cambios que producían mayores tensiones en la sociedad y los enfocó hacia una perspectiva racionalista, centrada en las dinámicas internas de los movimientos, en los recursos, las organizaciones y el juego estratégico de los individuos que deciden actuar colectivamente. Ello tuvo consecuencias metodológicas puesto que se abandonaba el agravio y las tensiones sociales como variable explicativa para concentrarse en aspectos pretendidamente objetivos como los recursos y las organizaciones. Al sostener que en las sociedades podemos encontrar niveles de agravios constantes, la variable explicativa se encontró en la existencia de grupos organizados que pueden apropiarse y movilizar recursos para obtener la acción colectiva. Si “La elaboración de la crisis presupone la existencia de grupos organizados con recursos” (Jenkins, 1994: 12), entonces es allí donde hay que enfocar la mirada. Los factores estructurales que habían sido privilegiados por las explicaciones estructural-funcionalistas fueron abandonados en favor de una concentración en los recursos que poseen los actores para actuar en determinada ocasión, a partir de un cálculo de costos y beneficios. El problema de la movilización social, entonces, es construido en torno a la pregunta ¿cómo es posible que individuos autointeresados, maximizadores, que se valen de sus cálculos de recursos y oportunidades para decidir su participación en la acción en un juego estratégico, se decidan a actuar colectivamente en aras de cambiar algo de la sociedad? En otras palabras, ¿cómo es posible superar el problema del free rider que pondría en jaque la obtención de la acción colectiva? Mc Carthy y Zald (1977) sugieren que para resolver el problema es necesario hacer especial hincapié en los incentivos colectivos y los recursos que los organizadores pueden disponer para obtener el resultado de la acción colectiva. Los incentivos colectivos son mecanismos de premios y castigos (materiales o simbólicos) que refuerzan la participación. Por su parte, entre los recursos que juegan papeles importantes podemos mencionar: tiempo, dinero, profesionalización, medios de comunicación, liderazgos, los cuales son utilizados para mejorar el juego estratégico y lograr que los individuos se decidan a participar en tanto calculan que el éxito (la satisfacción de sus preferencias) es posible. Pero además se introduce una segunda variable que se vincula a las estructuras organizativas de los grupos preexistentes a la acción. Los incipientes desarrollos de la Teoría de la Movilización de Recursos produjeron una expansión de trabajos empíricos –muchos de ellos comparativos- sobre diferentes movimientos sociales, algunos de los cuales pueden considerarse con mayor precisión grupos corporativos de interés o de presión. En esta misma perspectiva algunos autores vieron la necesidad de incorporar nuevas variables para complementar la atención prestada a los recursos y las organizaciones del movimiento. Autores como Tarrow, Mc Adam y Tilly buscaron ampliar el horizonte analítico para incorporar variables del contexto político (e incluso cultural) para el estudio de los movimientos sociales dando lugar a estudios enfocados en el “proceso político”. El análisis del proceso político en el cual se encuentra inmerso un fenómeno de acción colectiva originó una serie de trabajos que buscaron determinar condiciones políticas para la emergencia del movimiento social, y que los llevó a conceptos relevantes como “estructura de oportunidades políticas”, “ciclo de protesta” (Tarrow, 1991 y 1994) y “repertorio de acción” (Tilly, 1978). Esto supone, según Laraña (1999), una ampliación de la variable independiente para situarla en el contexto político en el que se desarrolla la acción, en lugar de acotarla a los recursos. Los autores que se agrupan en el enfoque del “proceso político”, si bien asumen la necesidad de explicar las acciones colectivas en términos de conductas individuales, relajan la óptica individualista propuesta por Olson para incorporar al análisis aspectos como la integración, la solidaridad y los valores como variables explicativas de los movimientos sociales. Básicamente, el paradigma sitúa la explicación de la emergencia de los movimientos sociales en una conjunción de factores internos (recursos, organización, dinero, tiempo) y variables externas como son las oportunidades dadas por el contexto político en que se desarrolla la acción. A partir de allí emergen una serie de problemas, conceptos y categorías que han consolidado al paradigma como dominante en las ciencias sociales norteamericanas. En gran medida estos autores han tratado de elaborar conceptos operacionales para hacer investigación social. La preocupación por los contextos políticos en los que se desarrolla la acción y su influencia en las dinámicas de la acción colectiva, llevó a una especial atención por los factores estructurales e institucionales del sistema político. En esta perspectiva,Eisinger (1973) propuso el concepto de “estructura de oportunidades políticas” para referirse a las condiciones de un sistema político particular que facilita la acción colectiva. El concepto fue ampliamente adoptado y autores como Tarrow lo popularizaron debido a su potencialidad para incorporar nuevamente en el análisis los aspectos de las estructuras sociales, el Estado, los otros grupos organizados (posibles aliados, divisiones en las elites), las crisis económicas, y demás factores relevantes para explicar la acción colectiva. En consecuencia se ajusta la mirada para avanzar en la explicación de la acción colectiva considerando que “la gente se suma a los movimientos sociales como respuestas a las oportunidades políticas, y a continuación crea otras nuevas a través de la acción colectiva. Como resultado el „cuándo‟ de la puesta en marcha del movimiento social –cuándo se abren las oportunidades políticas- explica en gran medida el ¿„por qué‟?” (Tarrow, 1997: 49). Esto produjo la reintroducción de los aspectos estructurales, en análisis de las sociedades concretas en las que ocurren las acciones, sus regímenes políticos, estatales y económicos, así como su historia y sus tradiciones. Tarrow reparó en la importancia de las variables del sistema político, sin embargo el contenido de muchos de los movimientos sociales contemporáneos parece vincularse fuertemente a un plano cultural aunque operen sobre el sistema político y constituyan allí su campo de conflicto. En esta línea, dentro de la misma corriente, surgieron trabajos que buscan identificar una ventana de oportunidades para la acción colectiva, así Doug McAdam (1994) refiere la importancia de investigar también las oportunidades culturales. El propósito de introducir aspectos culturales es incorporar la dimensión simbólica, la cual es crucial en aspectos como la elaboración de una demanda y la legitimación de los movimientos sociales que instalan en el espacio público la tensión entre valores socialmente aceptados o considerados como valiosos y situaciones específicas de violación de los mismos. Así, frente al creciente sesgo estructuralista que reconoce McAdam en los estudios sobre movimientos sociales en Estados Unidos, su propuesta es incorporar variables culturales en la explicación de la emergencia de los movimientos sociales, particularmente la capacidad de articular los discursos y las reivindicaciones de los movimientos con tradiciones simbólicas compartidas.

Estructura de oportunidades

El concepto de “Estructura de Oportunidades” ha sido utilizado por innumerables trabajos empíricos porque ofrece una matriz para analizar cuándo la gente se decide a actuar colectivamente. No obstante, es necesario considerar que las estructuras de oportunidades no son cerradas en tanto que los propios sujetos con su accionar las modifican para sus propias acciones futuras y para la actividad de otros grupos. De esta manera se vuelve imprescindible pensar nuevamente la relación entre estructura y acción de manera tal de salir de un plano que explica la acción a partir de la determinación de las estructuras. Esto es así porque, como el propio Mc Adam reconoce, resulta difícil distinguir entre cambios objetivos en la estructura y la construcción social de significados que provocan que una situación sea subjetivamente interpretada como oportunidad. (McAdam, 1994: 47). En este camino se reconoce la importancia de dimensiones históricas, subjetivas y culturales que no siempre la teoría puede incorporar sin poner en tensión sus propios supuestos. Por ejemplo, se ha reparado en la necesidad de incorporar esferas analíticas vinculadas a la cultura (Swidler, 1995) para comprender los movimientos sociales, pero sólo se lo ha realizado desde una versión acotada como caja de herramientas rituales, simbólicas e históricas que son importantes para la elaboración de las estrategias de acción (Klandermans y Johnston, 1995). En definitiva, muchas veces en este paradigma la dimensión cultural e identitaria queda reducida a un recurso que mejora el juego estratégico haciendo más probable la acción colectiva.

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